Autoestima, oh mi amor

autoestimaExcesivo deseo por complacer, autocrítica desmesurada, hipersensibilidad a la crítica, indecisión crónica, perfeccionismo, culpabilidad neurótica, hostilidad flotante y tendencias defensivas, son algunas de las formas en que se manifiesta la baja autoestima o su carencia. Pero estos síntomas encierran una realidad aún más sombría: nos falla el amor a nosotros mismos, es decir, el pilar de nuestra existencia.

En los últimos tiempos, el concepto de autoestima se ha convertido en un eje central de la terapia psicológica. Ya sea en el origen, o como consecuencia de los problemas que se plantean en consulta, recuperar la autoestima se convierte en un objetivo prioritario, sobre todo en casos de abuso mantenido, como la violencia de género o el acoso escolar. Pero, ¿qué es exactamente la autoestima? De manera coloquial, se entiende como la percepción positiva de uno mismo, aunque su definición adopta casi tantas formas como autores se han atrevido a enunciarla.

Manuel Villegas, gran estudioso de la cuestión, plantea un concepto de autoestima que requiere de varios supuestos:

  • La identificación con el propio ser.
  • La legitimación de las propias necesidades y el reconocimiento de los propios derechos.
  • El cuidado de uno mismo.
  • La comprensión de nosotros mismos, que no es lo mismo que la condescendencia.
  • La aceptación positiva incondicional.
  • El reconocimiento de nuestra singularidad.
  • El respeto, que tiene que ver con la dignidad del ser humano.
  • Y la humildad, ya que uno no necesita autoexaltación para quererse.

La construcción de la autoestima de cada persona tiene un origen bien temprano, muy ligado a la forma de apego experimentada en las primeras vinculaciones. Un trato cuidadoso y afectuoso por parte de los padres favorece la formación de un sentido sólido y valioso del sí mismo; soy importante para alguien, mis necesidades son interpretadas correctamente y atendidas de manera eficaz: soy objeto de amor (Villegas y Mallor, 2015). En este sentido, tanto la sobreprotección, como la negligencia física o emocional, la proyección en los hijos de los ideales paternos o maternos, o el abuso, pueden hacer peligrar la cimentación de una sana autoestima. La autoestima es el amor a uno mismo, sin más. No admite grados, se reconoce o no se reconoce, se siente o no se siente. No se basa en el balance entre éxitos y fracasos, entre virtudes y defectos, sino en el amor del ser que es uno mismo (Villegas y Mallor, 2015). La autoestima tampoco se basa en el tener o en el hacer, sólo en el ser.

La autoestima es el amor a uno mismo, sin más. No admite grados, se reconoce o no se reconoce, se siente o no se siente. No se basa en el balance entre éxitos y fracasos, entre virtudes y defectos, sino en el amor del ser que es uno mismo (Villegas y Mallor, 2015). La autoestima tampoco se basa en el tener o en el hacer, sólo en el ser.

Alfred Adler, fundador de la psicología individual, fue uno de los pioneros en abordar el estudio, desarrollo, problemas y tratamiento de la autoestima, aunque lo hizo bajo otros nombres: el sentimiento de inferioridad y el afán de superioridad. También coincidía en que los problemas de autoestima tienen su origen en la infancia, y tanto los niños y niñas criados con excesiva dureza, como los mimados y consentidos, tienen un alto riesgo de desarrollar sentimientos de inferioridad. Para compensarlo, se pueden emplear esfuerzos útiles, que tienen también en cuenta el bienestar de los demás, o inútiles que denomina “sobrecompensación” y cuyo resultado es el afán de poder. Además, añade que cualquier síntoma, trastorno o problema psicológico es una particular manifestación de este afán de poder, que encierra un sentimiento de inferioridad en el fondo (Ruiz, Oberst y Andújar, 2015): un intento por no sentirse tan insignificante.

mafaldamiguelito1Carl Rogers, fundador de la psicología humanista, expuso que la raíz de los problemas de muchas personas es que se desprecian y se consideran seres sin valor e indignos de ser amados. Para él, la construcción de la autoestima tiene un origen social: a medida que crecemos, nuestros padres, maestros, familiares, la media y demás, sólo nos dan lo que necesitamos cuando demostramos que lo merecemos; el lograr un cuidado positivo sobre “una condición” es lo que Rogers llama recompensa positiva condicionada. A medida que pasa el tiempo, este condicionamiento nos conduce a su vez a tener una autovalía positiva condicionada. Empezamos a querernos si cumplimos con los estándares que otros nos aplican, más que si seguimos nuestra actualización de los potenciales individuales. Y dado que estos estándares no fueron creados tomando en consideración las necesidades individuales, resulta cada vez más difícil complacer esas exigencias (Belletti, 2016).

Así y todo, recuperar o conseguir amarnos a nosotros mismos es una tarea altamente satisfactoria que, bien con ayuda, o como un serio propósito por nuestra parte, podemos conseguir. Y en el primer peldaño, por muy obvio que resulte, está el conocernos. Indagar sobre nuestro propio ser es la tarea fundamental que requiere la autoestima. A partir de aquí, el ascenso pasa por diferenciarse de la mirada ajena, identificar y legitimar las propias emociones y necesidades, aprender a validarse socialmente, respetarse y hacerse respetar (muy ligado a nuestro anterior post sobre asertividad) y conectar con el yo interior, nuestro santuario, oculto bajo tantas capas de expectativas sociales o relacionales.

Referencias bibliográficas:

Belletti, J. (2016).La autoestima según las distintas escuelas de la psicología. Disponible en http://www.monografias.com/trabajos98/autoestima-segun-distintas-escuelas-psicologia/autoestima-segun-distintas-escuelas-psicologia.shtml#ixzz4VBV3Tnl8

Ruiz, J.J., Oberst, U. y Andújar, P. (2015). Los problemas de autoestima desde la perspectiva adleriana. Revista de Psicoterapia, 26(100), 63-80.

Villegas Besora, M. y Mallou Plou, P. (2015). Estima ontológica, estima narcisista. Revista de Psicoterapia, 26(100), 3-44.

 

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3 thoughts on “Autoestima, oh mi amor

  1. La autoestima social…
    Yo creo que la autoestima tiene ramificaciones; como elementos sociales que somos, ansiamos un lugar en esta sociedad. Muchos se conforman con estar en un estadio intermedio, pasar desapercibidos, no figurar.
    Otros, quizás por lo que el artículo plantea o simplemente por nacimiento, quieren ser protagonistas, llevar las riendas del mundo y de los sucesos cotidianos; Pero a unos terceros es la sociedad la que los relega sistemáticamente a un papel no elegido, no deseado, no pensado y en muchos casos no aceptado.
    ¿Cómo no sentirte mal, a pesar de tú quererte como eres, de ser conocedor de tus limitaciones y de tus fortalezas, si el mundo que te rodea no te deja ser tú mismo?.
    Algún día, algún psicólogo empezará a tratar al mayor enfermo conocido, responsable de todas las demás dolencias y de las cosas que le suceden a los individuos… tratará a la sociedad, ese día el psicólogo comprenderá que ya no es psicólogo, ahora se ha convertido en un político.
    De nuevo daros las gracias por esos reductos de luz…
    Un saludo.
    Lukas.

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    1. Aunque se puede llegar a pensar que la autoestima es ligado a la sociedad porque mucha gente valoren a sí mismo según lo que piensan los demás, en realidad depende únicamente y exclusivamente de uno mismo. Except si se encuentren en una fase depresiva, entonces su estado de ánimo bajo disminuye su autoestima a causa de este trastorno anímico. Y si al contrario se encuentra en un estado de ánimo elevado su autoestima incrementa probablemente.
      En circunstancias normales uno mismo tiene la libertad de acceptar a sí mismo como es, independientemente de las valoraciones de los demás personas aplicando sus propios parámetros. A cierto nivel de la auto-consciencia se puede llegar a una vista tan integrista que el ego se fusiona temporalmente con el Todo con el resultado temporal de ausencia de la autoestima etc.

      Namasté

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  2. La sociedad occidental – dominada por una mentalidad competitiva y exitista – le asigna demasiada importancia a la autoestima y muchos occidentales se quejan de sufrir una deficiente autovaloración.

    ¿Será esta situación privativa de nuestra cultura? ¿Qué sucede en otros lugares donde no dominan ni el paradigma judeo-cristiano ni los valores de moda reflejados en expresiones tales como “looser”, “winner”, “no le ha ganado a nadie”, “llegar segundo no es igual” ¿O será que – globalización mediante – estamos todos ya inmersos en la misma problemática? Pero además surge otra interrogante: ¿habría que intentar elevar nuestra autoestima lo más que podamos o quizás un aumento excesivo tiene también consecuencias negativas?
    Aunque la psicología cultural se halla aún en un estado muy rudimentario, los estudios transculturales son suficientes como para demostrar la relación entre cultura y emoción, entre las que se incluye la autoestima. Obviando las mayores controversias, en Occidente se define la autoestima como la valoración general y relativamente estable que efectuamos acerca de nosotros mismos mediante un proceso evaluativo emocional y cognitivo. Dada la subjetividad implícita, se entiende que los valores culturales jueguen un rol muy significativo.

    Como en la cultura oriental el aprecio por uno mismo es estimado igualmente esencial para la existencia como el aprecio por los demás, no sorprende que en algunos lugares de Asia ni siquiera exista el concepto de baja autoestima. La lingüística y la semántica afectan el modo en que experimentamos el mundo; incluso, el lenguaje crearía – hasta cierto punto – la realidad que percibe la persona. ¿Podría ser que el tan manido e indiscriminado uso del término baja auto-estima en Occidente, estuviese potenciando su propio aumento?.

    Mientras que en Oriente no consideran que una alta autoestima sea un bien absoluto per se que deba elevarse al máximo, en la cultura occidental están excesivamente preocupados de elevarla (p.e. en USA se destinan millones de dólares a aumentarla en alumnos de colegios). Como para ellos el si mismo tiene gran importancia, tienden a realzar su Yo ante los demás. En cambio, los valores de los orientales los inducen a la modestia y a no sobresalir (p.e. los japoneses se sienten felices y virtuosos, pero sin incurrir en el desmesurado optimismo de los estadounidenses). Consecuentemente, en las investigaciones realizadas, los angloamericanos obtienen un mayor puntaje en autoestima comparado con los asiáticos, aunque la puntuación de estos últimos se encuentra dentro de rangos normales y ciertamente muestran una adecuada salud mental.

    Las diferencias mencionadas anteriormente parecieran relacionarse con la percepción y apreciación del Yo propia de cada cultura. En un extremo se encuentra el denominado yo independiente, típico de la sociedad occidental y en el otro polo se halla el yo interdependiente, típico de la oriental.

    Fuente: 4grandesverdades.wordpress.com

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