Fantasmas hambrientos: trauma y adicción

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“No temo morir, sino vivir.”

¿Por qué las adicciones son tan poderosas? ¿Por qué las personas llegan a tenerle miedo a la vida? Las personas adictas buscan desesperadamente aliviar su dolor, obtener una sensación de paz, control y calma, aunque sea pasajera. Pero, ¿por qué estas cualidades no se encuentran en sus vidas de manera natural?

Drogas como la heroína, la morfina, la codeína, la cocaína o el alcohol, constituyen  lo que se conoce como “painkillers” (literalmente, “asesinas del dolor”) pues, de una forma u otra, mitigan el sufrimiento. Por tanto, siguiendo la  reflexión planteada por el doctor Gabor Maté en la conferencia “El poder de la adicción y la adicción al poder, TEDxRio+20”, lo realmente importante no sería tanto el porqué de la adicción, sino el porqué de ese dolor.

El fin principal de toda adicción es poder olvidar, hallar una vía de escape de nosotros mismos aunque solo sea por unas horas. El hecho de sentirse incómodo con uno mismo, propicia el deseo de querer escapar de nuestra propia mente. El psiquiatra R. D. Laing afirmó que los tres grandes miedos que perturban al ser humano son el miedo a la muerte, el miedo a los otros y el miedo a nosotros mismos. La adicción puede definirse como cualquier comportamiento que proporciona alivio y placer temporal, pero a largo plazo produce daños, tiene consecuencias negativas y, aun así, no puede dejarse. Desde esta perspectiva, puede entenderse que existen muchas adicciones, no solo a las drogas, sino también al consumismo, a comprar compulsivamente, al sexo, a Internet, a la comida…

Los budistas creen en la existencia de “fantasmas hambrientos”, criaturas con enormes estómagos vacíos, estrechos cuellos y diminutas bocas, de manera que nunca tienen suficiente para llenar ese hueco interior. Todos somos fantasmas hambrientos en esta sociedad, todos tenemos ese vacío y muchos intentan llenarlo desde el exterior, desencadenando la adicción. Si queremos hallar los motivos de ese dolor interior que algunas personas padecen con más intensidad que otras, no podemos limitarnos a analizar lo genético; debemos mirar detenidamente sus vidas.

Muchos de los pacientes del doctor Maté han sufrido abusos desde la infancia, han experimentado situaciones de rechazo y abandono, resultando traumatizados emocional y físicamente. De ahí la manifestación de dolor persistente en la edad adulta. El cerebro humano se desarrolla en interacción con el ambiente, no únicamente por una determinada programación genética. El tipo de ambiente que el niño percibe, de hecho, dará forma al desarrollo de su cerebro adulto.

La dopamina funciona como un motivador químico, fluyendo cada vez que sentimos curiosidad o excitación por algo, cuando buscamos, por ejemplo, comida o una pareja sexual. Sin este neurotransmisor, carecemos de motivación vital. Lo que, precisamente, una persona adicta busca obtener mediante esa adicción es la descarga de dopamina que su cerebro precisa para funcionar correctamente, por tanto, la cuestión primordial debe remitir a las causas de esa carencia: ¿Qué interfirió en el desarrollo de su cerebro? Es un mito que las drogas sean adictivas por sí mismas; la mayoría de personas que las prueban no se vuelven adictas. De la misma forma, la comida no es adictiva, pero para algunas personas lo es; comprar no es adictivo, pero para algunas personas lo es; la televisión no es adictiva, pero para algunas personas lo es. La pregunta es, por tanto, ¿por qué algunas personas son vulnerables a la adicción?

Se realizó un experimento que evidenció que al separar a las crías de ratones de sus madres, las crías no lloraban. ¿Qué repercusiones tendría algo así en el mundo salvaje? Significaría la muerte puesto que son las madres las encargadas de proteger y alimentar a su prole. ¿Por qué sucede esto? Porque genéticamente se anularon los receptores, los sitios de enlace químico en sus cerebros, de las endorfinas. Estas sustancias endógenas, similares a la morfina, son nuestros analgésicos naturales (“painkillers”). Por otro lado, las endorfinas también hacen posible la experiencia del amor; posibilitan el apego hacia los padres/cuidadores y el apego de éstos por sus hijos. En otras palabras, la adicción lo que hace es actuar en el sistema de las endorfinas cuyos circuitos no se desarrollan apropiadamente cuando el niño sufre abusos o carencias afectivas. Así, su cerebro se vuelve susceptible al consumo de drogas, teniendo un efecto de alivio momentáneo. Solo entonces se siente normal, sin dolor. Según una paciente del Doctor Maté, la primera vez que consumió heroína fue como “un abrazo suave y cálido, como una madre abrazando a un bebé”.

Gabor Maté (según él mismo, adicto al trabajo y a la música clásica) relata su experiencia personal en relación al sentimiento de vacío: nacido en Budapest en el año 1944, hijo de padres judíos, tenía dos meses cuando el ejército nazi entró en Budapest. Al día siguiente, su madre tuvo que llamar al pediatra porque Gabor no paraba de llorar; ante lo cual el médico le confesó que todos los bebés judíos estaban llorando. Todos los bebés estaban captando el estrés, el terror y la depresión de sus madres, recibiendo el mensaje de que el mundo no los quería, ya que si sus madres no estaban felices a su alrededor, significaría que no los querían; afectando todo ello al desarrollo adecuado de sus cerebros. En este sentido, el Doctor Maté confiesa que se volvió un adicto al trabajo, compensando, de forma más o menos inconsciente, ese rechazo inicial del mundo. Él lo expresa así: “Si no me quieren, al menos van a tener que necesitarme”.

Aquí os dejamos la conferencia completa y subtitulada de Gabor Maté, recomendable al 100%:

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