Habitar el presente: desafiando el miedo

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¿Cuánto tiempo dura el presente? 

 

El cerebro parece que no tiene ninguna posibilidad de alcanzar la velocidad de los acontecimientos, ni por tanto de atrapar el tiempo que transcurre, ya que el tiempo de nuestras percepciones está retrasado alrededor de medio segundo respecto al tiempo real. Así lo explica el neurólogo Benjamín Libet en “Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness.” Otras investigaciones, realizadas tanto con europeos como con indios yanomanis y bochimanos, han establecido a su vez que el presente dura tres segundos, siendo éste el lapso de tiempo que necesitamos para distinguir sucesivos impactos sonoros o lumínicos, para guiñar un ojo o para cualquier movimiento corporal; cobrando entonces el mundo realismo para la conciencia humana. También resulta interesante a la hora de valorar los experimentos de Libet, la existencia de otros estudios que afirman que nuestro presente es algo así como el promedio de los últimos quince segundos. Fischer y Whitney denominan a este intervalo “campo de continuidad”, es decir, el lapso de tiempo en el que la realidad nos parece continua porque conectamos, ya sea correcta o erróneamente, los eventos que en ella suceden.

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?. (XI, XIV, 17).

De aquí me pareció que el tiempo no es otra cosa que una extensión; pero ¿de qué? No lo sé, y maravilla será si no es de la misma alma. (XI, XXVI, 33). (San Agustín de Hipona (354-430), Confesiones)

Los filósofos han debatido la naturaleza del tiempo mucho antes que Einstein y la física moderna. A día de hoy, pese a ciertas discrepancias, la visión que prevalece en física es la del tiempo como cuarta dimensión del espacio, siendo matemáticamente representada como la cuarta dimensión del espacio-tiempo de Minkowski. Cuestionarnos, por tanto, esa idea temporal ya referida por San Agustín y planteada físicamente por Albert Einstein, nos acerca un poco más a un “relativismo” de las cosas, sobre todo en la creencia de que lo que conocemos es real, que todo es como parece y que no existe nada que no veamos.

Raramente experimentamos el presente de manera consciente, atendiendo a nuestra presencia, lo que nos lleva a vivir arrastrados por una ruidosa divagación, un ruido de fondo producido por nuestros pensamientos involuntarios. La incomodidad que nos produce este ruido nos afecta y condiciona tanto mental como físicamente, predisponiéndonos a vivir de forma conflictiva las situaciones más nimias que se nos presentan en el día a día.  La alteración que nos produce ese “pilóto automático de negatividad” es fuente de infelicidad, sufrimiento emocional e incluso enfermedad.  Perdemos energía, flexibilidad y agilidad mental; tendemos a ver las cosas negativamente; nos irritamos con facilidad, afectando todo ello a nuestra habilidad para manejar y superar los retos de la vida. Por tanto, tenemos una responsabilidad con nosotros mismos y con las personas que nos rodean para vivir atentos al ahora.

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Adicción a la seguridad y miedo al miedo

“Titanic somos nosotros (…) Todos suponemos que, oculto en algún recoveco del difuso futuro, nos aguarda un iceberg contra el que colisionaremos y que hará que nos hundamos al son de un espectacular acompañamiento musical.”

Esta es una frase que escribió Jacques Attali en un artículo publicado en Le Monde el 3 de julio de 1998 y que recoge Zygmunt Bauman en la introducción de su libro “Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores” (2006). Según este sociólogo, “la guerra moderna contra los temores humanos” parece producir más bien una redistribución social de estos que una reducción de su volumen. En el escenario de nuestra sociedad, la lucha contra los temores ha acabado convirtiéndose en una tarea para toda la vida, mientras que los peligros desencadenantes de esos miedos, aun cuando no se crea que ninguno de ellos sea intratable, han pasado a considerarse compañeros permanentes e inseparables de la vida humana.

Contribuimos a “normalizar el estado de emergencia”, generando una respuesta de estrés en nuestro organismo que, bajo condiciones regulares y puntuales, mejora el rendimiento y la adaptación al medio (eustrés), pero cuando es excesiva, se convierte en ansiedad, en un problema de salud, que impide el bienestar e interfiere notablemente en nuestra calidad de vida.

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Pensamiento contra miedo (o conclusión no definitiva para quienes se pregunten qué se puede hacer)

El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin causa evidente, sin anclas, sin motivos nítidos; cuando nos ronda “sin ton ni son”; cuando la amenaza que tememos se percibe en todas partes, pero resulta imposible situarla en un lugar concreto. “Miedo” es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y cómo hacer para detenerla o combatirla.

Los temores son muchos y variados, reales e imaginarios… la violencia, el desempleo, las catástrofes naturales, enfermedades, baja autoestima, accidentes, el “otro”, etc. Gente de diferentes clases sociales, sexo y edades, se siente atrapada por sus miedos personales, individuales e intransferibles, pero también por aquellos otros que nos afectan de manera global e incontrolable, como el miedo al propio miedo y a la libertad frente a la seguridad tan presentes en los mass media.

En un mundo de carácter empresarial, competitivo y práctico como el que vivimos, donde se prioriza el beneficio económico inmediato, todo aquello que no puede cuantificarse mediante cifras resulta improductivo. Por tanto, materias de estudio como la historia, la música, la filosofía, las artes plásticas o la psicología, que contribuyen al desarrollo pleno del ser humano, más que una ventaja social, política o económica son consideradas un peligro para quienes valoran al ser humano en función de su rol como mero objeto de producción y/o sujeto de consumo.

Para los que os estéis preguntando qué se puede hacer, el primer hábito para vencer el miedo es habituarnos a cuestionar nuestra realidad. Es fundamental practicar una introspección reflexiva y compasiva, sentarse en silencio y observar nuestra mente, ver cómo los pensamientos (negativos en su mayoría…) van y vienen, surgen y pasan a través de la consciencia.  La práctica de la atención al presente es fundamental, para poder ubicarnos en el mundo, en cada situación que vivimos, tanto fuera como dentro de nosotros mismos. Practicar, intencionadamente la atención al presente, con cierta constancia, nos ayudará a llevar una vida saludable, plena, sosegada, centrada y libre de ansiedad.

Desconfíen del acto más trivial y en apariencia sencillo. Y sobre todo, examinen lo que parezca habitual. Les suplicamos expresamente: no acepten lo habitual como una cosa natural. Pues en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural, nada debe parecer imposible de cambiar.

Bertolt Brecht, La excepción y la regla, (1930).

Es de vital importancia revisar nuestros hábitos, incluyendo en nuestra rutina pequeños gestos que pueden marcar una gran diferencia. Moderando, por ejemplo, nuestra exposición diaria a ese bombardeo de noticias y datos negativos que llaman noticias informativas; o bien reduciendo las horas de conexión a las redes sociales, evitaremos la consiguiente saturación experiencial que éstas pueden generar, haciéndonos comparar la vida propia con una imagen idealizada de la ajena.

En definitiva, plantéate desafíos que te saquen de tu zona de comodidad: mediante una voluntad fuerte, con pequeños experimentos logramos desafiar todo aquello que nos tiraba para atrás; y sobre todo, para hacer lo “imposible”, rodéate de personas que lo están haciendo.

 

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