La epidemia del bullying

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En los últimos años nos hemos asomado a un incremento alarmante de casos de bullying en los medios de comunicación, situaciones dramáticas que han acabado en suicidio del menor, incapaz de encontrar otra salida para unas circunstancias que eran muy difíciles de afrontar.

El acoso escolar no es un fenómeno nuevo, todos hemos sido víctimas, agresores o espectadores de algún episodio de acoso en nuestras vidas. El peligro actual reside en las redes sociales y las nuevas tecnologías, con su capacidad ilimitada, tanto en el espacio como en el tiempo, de difundir, mantener y ampliar ese acoso… y el anonimato que proporciona. Insultos electrónicos, hostigamiento, exclusión social, revelación de la intimidad, y hasta la famosa happy slappping (paliza feliz) que graban con el móvil y termina finalmente en las redes, son algunas de las formas que puede adoptar el acoso.

En la actualidad, se estima que entre el 20 y el 30% de los escolares sufre en alguna medida conductas violentas en las aulas. De este porcentaje, un 3 a un 10% correspondería a victimización grave, cuya consecuencia más extrema es la muerte del menor. Aunque afortunadamente la mayoría de los casos no llega a ese nivel, el acoso escolar sí tiene unos efectos muy negativos, no sólo sobre el menor que recibe ese daño, sino también sobre los agresores y espectadores. Para los primeros, la herida emocional es evidente, que desemboca en ansiedad, depresión, indefensión, somatizaciones y un amplio abanico de síntomas. Para los agresores, la desconexión moral puede desembocar en problemas de conducta y dependencia de sustancias, entre otros problemas. Y qué duda cabe que los espectadores también se convierten en receptores de aprendizajes y hábitos negativos.

La prevención de este tipo de comportamientos no es sólo necesaria, sino que ha demostrado en numerosos estudios los beneficios que reporta (Garaigordobil y Martínez-Valderrey, 2015). Sin embargo, una vez que ha sucedido, y dadas las dificultades del menor para comunicárselo a los padres, daremos aquí una serie de pistas que podrían alertar sobre una situación de acoso:

– Presencia de lesiones físicas.
– Pérdida o rotura de pertenencias.
– Insomnio.
– Llanto inmotivado y frecuente.
– Cambios de humor muy acusados.
– Tristeza o síntomas de depresión.
– Pasar mucho tiempo solo y no salir con amigos.
– El aumento de la pasividad o la retirada.
– Miedo a ir al centro, o poner excusas para faltar de forma recurrente.

Si su hija o hijo muestran varios de estos síntomas, hable con ella o él y, en caso de duda, acuda a su centro escolar.

Fuentes:

Garaigordobil, M. y Martínez-Valderrey, V. (2015). CYBERPROGRAM 2.0. Programa de intervención para prevenir y reducir el ciberbullying. Madrid: Pirámide.
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